Cuando el cuerpo se convierte en amenaza
- Espai Helen Flix

- hace 1 día
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Helen Flix
Hay personas que llegan a consulta diciendo: “Yo no soy una persona ansiosa”. Y no mienten. No viven atrapadas en preocupaciones constantes ni en anticipaciones catastróficas. Su malestar no empieza en la cabeza. Empieza en el cuerpo.
Una palpitación. Una presión en el pecho. Un mareo leve. Una sensación extraña en el estómago.
Y, a partir de ahí, algo se activa. No una idea concreta, no un miedo definido, sino una alarma difusa que dice: “esto no está bien”.
Muchas veces, el problema no es la sensación en sí. El problema es lo que empieza a significar.

Estamos muy acostumbrados a pensar en la ansiedad como algo mental: pensamientos, preocupaciones, vueltas en bucle. Pero no siempre es así. A veces la ansiedad nace en el cuerpo, en lo que llamamos interocepción: la capacidad de percibir lo que ocurre dentro de nosotros. El latido, la respiración, la tensión, el calor, el mareo, la presión.
Todas las personas tenemos esa capacidad. Y no es un problema en sí misma. El problema aparece cuando una sensación neutra deja de leerse como neutra y empieza a interpretarse como señal de peligro. No porque el cuerpo esté fallando, sino porque el sistema nervioso ha aprendido a vigilarlo, a escanearlo, a comprobar constantemente si todo sigue “bajo control”.
A partir de ahí, el cuerpo deja de ser un lugar que se habita y se convierte en algo que se supervisa. Algo que se teme. Algo que hay que gestionar.
Y vivir dentro de un cuerpo que se percibe como imprevisible, es agotador.
En consulta esto es más habitual de lo que parece. Personas que no tienen miedo a lo que ocurre fuera, sino a lo que sienten dentro. No es “me da miedo salir”. Es “me da miedo marearme”. No es “me da miedo hablar en público”. Es “me da miedo notar cómo se acelera el corazón”. No es “me da miedo ese sitio”. Es “me da miedo lo que mi cuerpo pueda hacer allí”.
El foco no está en la situación. Está en la experiencia corporal.
Eso genera una forma muy concreta de ansiedad: hiperobservación, escaneo constante, alerta silenciosa. Por fuera, muchas veces, no se nota nada. La persona funciona, trabaja, cumple. Por dentro, el desgaste es continuo. Porque vivir pendiente del cuerpo es vivir en una vigilancia permanente.
Y aquí suele aparecer una trampa muy comprensible: intentar controlar. Controlar la respiración. Controlar el pulso. Evitar determinadas sensaciones. Dejar de hacer deporte. Forzar la calma. Buscar estar siempre “bien”.
Todo eso alivia un poco. A corto plazo. Pero mantiene el miedo intacto.
Porque refuerza una idea muy profunda: “si no controlo esto, es peligroso”, “si aparece esta sensación, algo malo puede pasar”, “mi cuerpo no es de fiar”.
No es que la persona lo haga mal. Está intentando protegerse con las herramientas que tiene. Pero el coste interno aumenta. Y la relación con el cuerpo se vuelve cada vez más tensa, más vigilante, más frágil.
El cuerpo, que debería ser casa, se convierte en territorio hostil.
A veces, entender lo que nos pasa empieza también al ver cómo otros cuerpos atraviesan algo parecido. Este tipo de malestar no siempre se explica: muchas veces se encarna. Se nota en los silencios, en la rigidez, en la tensión contenida, en cuerpos que sienten más de lo que pueden decir.
En terapia, muchas veces, el cuerpo habla antes que el relato. Lo que se acelera, lo que se bloquea, lo que no encuentra palabras.
Por eso, a veces, necesitamos otras historias para poder mirarnos con un poco más de distancia y con menos soledad.
Hay libros que ayudan a comprender por qué el cuerpo reacciona antes que la mente.
El cuerpo lleva la cuenta, de Bessel van der Kolk, explica con mucha claridad cómo el sistema nervioso guarda memoria y por qué el cuerpo puede seguir en alerta incluso cuando, racionalmente, sabemos que no hay peligro.
Cuando el cuerpo dice no, de Gabor Maté, pone palabras al coste físico y emocional de vivir demasiado tiempo en tensión, en adaptación y en autoexigencia, y a cómo el cuerpo acaba expresando lo que no pudo decirse de otra manera.
Desde la ficción, también hay historias que muestran muy bien qué ocurre cuando el cuerpo deja de sentirse un lugar seguro.
La serie Poco ortodoxa retrata con mucha sensibilidad lo que es vivir en hipervigilancia interna, aunque por fuera todo parezca estar “bajo control”.
Y películas como Cisne negro muestran con crudeza qué pasa cuando la relación con el propio cuerpo se vuelve una relación de control, de exigencia y de desconfianza.
No son historias sobre “ansiedad” en abstracto. Son historias sobre cuerpos que viven en alerta y sobre el precio de intentar dominarlos en lugar de habitarlos.
Trabajar la interocepción no va de eliminar sensaciones. No va de dejar de sentir. No va de forzar calma. Va de cambiar la relación con lo que se siente. Dejar de leer el cuerpo como enemigo. Dejar de exigirse tranquilidad inmediata. Aprender a estar con las sensaciones sin convertirlas automáticamente en señal de peligro.
Eso no se resuelve con una frase bonita ni con un truco rápido. Se trabaja. Con tiempo. Con acompañamiento. Y con mucha paciencia hacia uno mismo.
Si este tema te resuena, no porque “tengas ansiedad”, sino porque tu cuerpo se ha convertido en un lugar difícil de habitar, hay algo importante que quiero decirte: tiene sentido lo que te pasa. Y no estás sola, no estás solo en esto. Sí, se puede trabajar. Con tiempo, con acompañamiento y con mucha amabilidad hacia ti.
Quizá el camino no sea dominar el cuerpo.Quizá sea, poco a poco, volver a habitarlo.
Este artículo está basado en mi episodio de podcast AbiertaMente: “Cuando el cuerpo se convierte en amenaza”






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